De neumáticos y hombres

       El 7 de diciembre del año 1888, el escocés John Boyd Dunlop patentaba un objeto que se convertiría en algo tan usual para nosotros, que sería inimaginable un mundo sin él. Nos referimos, como no, al neumático
Desde principios del siglo XIX, se venían buscando en Europa aplicaciones a un material que había llegado de América: el caucho. Ya en 1819, el inventor inglés Thomas Hancock conseguía soluciones de ese material para impermeabilizar zapatos, ropa o proteger cables. En 1839, el estadounidense Charles Goodyear volcó, "accidentalmente" sobre una estufa, un recipiente que contenía una mezcla de caucho y azufre con la que estaba trabajando. El resultado fue un material más duro, resistente e impermeable, pero que mantenía la elasticidad. Goodyear patentó aquel proceso en Estados Unidos en 1843 y lo llamó "vulcanización" en honor al dios Vulcano. Pocos meses después, Hancock patentaba el mismo proceso en Gran Bretaña.

      La idea de Dunlop, le había surgido un día cuando trataba de eliminar las vibraciones que sufría su hijo en el triciclo, al recorrer las bacheadas calles de Belfast camino de la escuela. Se le ocurrió entonces inflar con aire unos tubos de goma, los cubrió con una lona y los amarró a las llantas del triciclo, consiguiendo así un desplazamiento mucho más suave del que permitían las llantas de goma maciza que utilizaban los vehículos en aquella época. Cuatro años después, un francés llamado Edouard Michelin ideaba el primer neumático desmontable para bicicletas, que más tarde adaptaría al automóvil. 

      Es fácil reconocer en esta historia nombres que, rápidamente, asociamos a rótulos comerciales que forman parte de nuestra vida cotidiana. Dunlop, Goodyear, Hancock, Michelin, son actualmente marcas comerciales reconocidas internacionalmente, detrás de las cuales, como vemos, hubo grandes hombres que con sus acciones o su ingenio colaboraron al desarrollo y al progreso de la humanidad y cuyos nombres son gratamente recordados hoy en día. Sin embargo, como veremos a continuación, esa misma historia tiene otra cara mucho más trágica, de la que forman parte otro tipo de hombres. Algunos, de infame nombre que perdurará en el tiempo por el rastro de dolor y muerte que dejaron tras de sí. Otros, en cambio, de nombre desconocido, que ocupan la parte más triste de este relato.

      En el año 1745, el científico francés Charles Marie de La Condamine, relataba su viaje a la Selva del Amazonas en la Academia de Ciencias de París y presentaba allí una sustancia utilizada, desde mucho tiempo atrás, por los indios omaguas, poderoso y temido pueblo guerrero que habitaba los territorios del Amazonas, en el lugar donde hoy se encuentra la Triple Frontera entre Perú, Brasil y Colombia. Los omaguas extraían aquella sustancia de un árbol al que llamaban "heve", el cual, tras hacerle una incisión, manaba por su herida una resina lechosa a la que llamaban "cauchu", que en su lengua significaba "el árbol que llora". Con ella fabricaban una especie de jeringas que tenían diferentes aplicaciones y unos objetos redondos, del tamaño de una naranja, que rebotaban al lanzarlos contra el suelo y que ya habían llamado la atención de los misioneros católicos que recorrieron aquellas tierras en el siglo XVI. Para aquellos territorios de la Triple Frontera amazónica, el descubrimiento del neumático y su aplicación en la floreciente industria automovilística que acababa de nacer, significó la llegada del progreso y de ingentes cantidades de dinero, a una selva en la que se calcula que podría haber más de treinta millones de árboles del caucho y así, la localidad peruana de Iquitos, pasaría a convertirse en uno de los más importantes centros de negocio del nuevo continente, gracias a la fiebre que desató el ya conocido como "oro blanco".

      Efectivamente, el caucho se iba a convertir en un próspero negocio y pronto surgirían hábiles comerciantes locales que se harían con el control de la explotación. Aquellos empresarios caucheros, trataron al principio de encontrar mano de obra barata entre los indígenas, pero éstos no estaban acostumbrados a un sistema de vida que les ataba rutinariamente a un trabajo y al poco tiempo se marchaban de la cauchería. Decidieron entonces contratar extranjeros y pronto llegó al Amazonas una multitud de emigrantes dispuestos a trabajar. Sin embargo, enseguida fueron diezmados por las enfermedades. Así, optaron por recurrir de nuevo a los indígenas, pero esta vez el acuerdo con ellos se iba a hacer de un modo diferente.

No podemos nombrar aquí a todos los caucheros de aquella época, pero sí a dos cuyos nombres han ocupado las páginas más oscuras de la historia, por la maldad y la falta de escrúpulos que demostraron y, sobre todo, por todas las vidas que no les importó sacrificar para satisfacer su codicia. Uno de ellos, Carlos Fermín Fitzcarrald, fue el cauchero más poderoso de Perú, pero también el precursor del nuevo modelo de explotación que aplicaron después el resto de caucheros de aquella región, especialmente Julio César Arana, digno sucesor de Fitzcarrald no sólo por su ambición y afán de riquezas, sino por los métodos de esclavitud y exterminio que utilizó con los indígenas. Para asegurarse la mano de obra de los nativos les cambiaban el caucho que recolectaran por diferentes artículos: herramientas, machetes y baratijas con las que las mujeres podían hacerse collares. Así, no tardaron mucho los jefes de los poblados en aceptar un sistema por el cual se comprometían a entregar una cantidad de caucho mensual a cambio de lo que recibían. Pero las cuentas y el pesaje de la mercancía estaban en manos de los empresarios caucheros, que se encargaban de que los indios nunca llegaran a liquidar y pasasen endeudados el resto de su vida, heredando los hijos los compromisos contraídos por su padre en vida. Además, para evitar las rebeliones, se dotaron de ejércitos privados dirigidos por capataces, que se encargaban de hacer cumplir a aquellos pobres desdichados las cuotas de producción que les imponían. En caso de no hacerlo podían ser azotados con el látigo; encarcelados a oscuras y sin agua durante días; violadas sus mujeres e hijas; mutilados de manos, orejas o dedos; arrojados al río atados de pies y manos; echados para que sirvieran de comida a los perros...en fin una larga y terrorífica lista de represalias que pone los pelos de punta sólo con leerla.
      
      No se podría calcular con exactitud la cantidad de personas que murieron durante aquellos años. Mientras muchos malnacidos y miserables personajes se enriquecían y paseaban sus extravagancias por mansiones y ciudades que construían rebosantes de lujo y caprichos, tribus enteras desaparecían para siempre. Los omaguas fueron prácticamente exterminados y de los cincuenta mil huitotos que había al inicio de aquella locura, murieron unos cuarenta mil.
 
      En 1876, a pesar de que estaba prohibido sacar semillas de caucho de Brasil, dos científicos ingleses consiguieron hacerse, mediante sobornos, con setenta mil semillas procedentes de los árboles del Amazonas. Tras llevarlas a Londres, plantaron los brotes nacidos en terrenos de las Indias Orientales holandesas, Ceilán y Malasia, consiguiendo, tras treinta y nueve años de paciente espera, una cosecha de savia de muy buena calidad. Así, con un sistema de trabajo diferente: explotaciones racionales de los bosques, sin agotarlos y utilizando mano de obra barata, pero sin esclavizar, los ingleses pronto consiguieron una producción rentable de caucho que sumiría a las empresas caucheras americanas en la más profunda decadencia y ruina económica. Lástima que tantas veces el progreso de nuestra especie se haya conseguido a costa de tantas vidas.  

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lunes 12 diciembre 2011

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